El extraño (y secreto) beneficio de que otros niños se rían de su hijo

El extraño (y secreto) beneficio de que otros niños se rían de su hijo

Años de historias de bullying dañaron la reputación de las bromas. Pero ahora un grupo de sicólogos revela cómo la burla juega un papel fundamental en la adaptación social, el autocontrol y la humildad.

por Carlos Pérez / Ilustración: Rafael Edwards

LA TERCERA EDICION IMPRESA | sábado 19 de enero de 2013

 

EN UN CAPITULO de El Chavo del Ocho, el Profesor Jirafales les enseña a sus alumnos sobre el espacio exterior. Para eso infla un globo, que representa la nave espacial que los lleva por un viaje ficticio a través de la Vía Láctea. Lo levanta y pregunta “¿qué es esto?”, a lo que la Chilindrina responde: “Se parece a Ñoño”. Todo el curso ríe y el gordito dice su típico: “Mírela eh, mírela eh, mírela eh”. Pero, claro, eran otros tiempos. Esa escena se grabó hace más de 30 años. Hoy, con bullying, maltrato infantil y padres culposos, bromas de ese tipo han sido prácticamente desterradas de la vida de los niños, tratando de no exponerlos a episodios traumáticos. Aunque, quizás, algunas burlas no sean tan malas y, en vez de erosionar la confianza del niño, le entreguen valiosas lecciones para la vida.

Por lo menos es lo que propone un grupo de sicólogos estadounidenses y británicos. No estamos hablando del bullying cruel y concertado, como cuando un grupo de preadolescentes descalifica a la compañera menos agraciada o del típico matón de la clase que desquita sus frustraciones en el más chico. Hablamos de esas bromas que afloran en el momento sobre errores, defectos o situaciones y que sirven para que todos rían estableciendo “desafíos” de humor. Como recibir un nuevo look preguntando sarcásticamente “¿te cortaste el pelo en la peluquería ‘Contigo aprendo’?” o celebrar a un amigo en el karaoke con un “pucha que está acabado Justin Bieber”.

El afán por lo políticamente correcto ha influido en que este tipo de chistes desaparezca de la dinámica infantil. Pero, según recientes investigaciones, ayudan a que niños y adultos desarrollen habilidades sociales. Como saber diferenciar cuándo están siendo agredidos realmente, desarrollar autocontrol, aprender el valor de la humildad y elaborar jerarquías.

Para Erin Heerey, investigadora de la Facultad de Sicología de la U. Bangor, en Gales, la principal habilidad que nos enseñan estas bromas es saber distinguir cuándo estas “peleas” son chistes juguetones o se trata de violencia real. “Si todo el mundo está riendo no hay razón para intervenir”, aconseja la especialista a los padres, quien agrega que muchas veces en estas situaciones los niños están aprendiendo sobre las normas sociales y formas de interactuar.

Uno de los sicólogos que respalda esta tesis es Peter Gray, investigador del Boston College que se prepara a publicar el libro Free to learn, para quien las bromas son una importante instancia de entrenamiento del autocontrol. “Cuando los niños se burlan unos de otros hacen pruebas para ver si el otro se enoja o se mantiene controlado y tranquilo. El niño que es fácilmente provocado no va a ser un buen compañero de juegos”, dice Gray a Tendencias. Para el sicólogo, la carencia de este entrenamiento emocional puede privar al menor de amigos o parejas cuando crezca.

Las bromas, además, funcionan como señal de aceptación y manera de propagar valores entre las personas de todas las edades. Un estudio liderado por Erin Heerey y realizado por las universidades de California y Bangor observó a miembros de una fraternidad de la U. de Wisconsin, descubriendo que en ésta se burlaban de los recién llegados con apodos groseros sobre sus borracheras y otros defectos que tenían como una forma de cambiar sus comportamientos y ayudando a la unión del grupo. Cuando los investigadores vieron al mismo grupo dos años después descubrieron que quienes habían sido blanco de los chistes desarrollaban fuertes relaciones de amistad con los bromistas, ejerciendo puestos de liderazgo y transformándose ellos en quienes ejercían el papel de transmitir normas sociales.

También hay quienes plantean la relevancia evolutiva de la burla. Para el profesor de sicología de la U. de California Dacher Keltner, estas bromas son para los humanos lo mismo que para los hipopótamos abrir la mandíbula lo más grande posible, el saltar a la rama más lejana en los chimpancés o en las ranas croar fuerte: una forma de elaborar jerarquías de forma pacífica. “Como los humanos desarrollaron la capacidad de formar alianzas complejas, el poder de una sola persona llegó a depender cada vez más de su capacidad para construir lazos. El poder se transformó en una cuestión de inteligencia social, más que de supervivencia del más apto”, escribió Keltner en New York Times.

Otros ven la burla como un medio para evitar la arrogancia. Esto también está vinculado con procesos evolutivos. Como ha explicado Gray en sus ensayos, esta práctica nació con los grupos de cazadores-recolectores, que para sobrevivir requieren de cooperación e igualdad, más que jefes o superestrellas. Y recuerda los escritos del antropólogo canadiense Richard Lee, que en sus estudios sobre estas pequeñas sociedades identificó una instancia que llamó “insultar la carne”: cuando un miembro lleva un animal que acababa de cazar para compartirlo con la comunidad, debe menoscabar su propio logro. Decir que la bestia era muy flaca, que fue fácil porque estaba enfermiza o que fue un simple golpe de suerte. Si muestra la más ligera señal de arrogancia, toda la comunidad se reirá de él y de su caza; sarcásticamente, lo llamarán “gran jefe” en una sociedad que no cree en esos atributos. Así, entenderá el valor de la humildad y tendrá que reírse de sí mismo. Si no lo hace, la burla será peor e, incluso, pueden aislarlo. “Los niños que actúan como si fueran mejores que el resto se están preparando para las burlas y eso es útil porque los ayuda a superar su visión egocéntrica del mundo. Para llevarse bien con los demás durante su vida tienen que aprender humildad”, dice Gray.

 

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