El salto a La buena Vida – La Tercera – Investigación a 268 personas

La Tercera

LA TERCERA EDICION IMPRESA | sábado 22 de diciembre de 2012

 

El salto a la buena vida

 

por Jennifer Abate / Ilustración: Rafael Edwards

                       

¿Existe una fórmula para lograr una vida saludable? Esa fue la pregunta que se planteó en 1937 un grupo de investigadores de la Universidad de Harvard y el punto de partida de uno de los más extensos estudios que se han realizado en la historia de la ciencia. Eligieron a 268 alumnos y hurgaron en sus vidas durante los siguientes 75 años, a través de exámenes físicos, sicológicos y de entrevistas personales recurrentes. Los jóvenes se graduaron, vivieron la guerra, desarrollaron sus carreras, se casaron, se divorciaron, fueron padres, abuelos y hasta bisabuelos; envejecieron. Todo quedó registrado.

Con el correr de los años, sin embargo, el estudio dejó de concentrarse sólo en las variables de salud, longevidad o éxito profesional. Puestas bajo el microscopio, las vidas de estos hombres se volvieron demasiado complejas, tan llenas de sutilezas y contradicciones, que era imposible que encajaran en un conjunto de reglas o en una única “fórmula” de felicidad. Pero un aspecto se hizo cada vez más evidente: el poder de las relaciones.

No importaban el orden de nacimiento ni la filiación política ni el estatus ni la contextura física ni la herencia genética. Quienes habían sido capaces de crear vínculos afectivos relevantes llegaban a los 80 o 90 años con lo que Aristóteles definió “una buena vida”. “Fue sólo cuando comencé a escribir este último libro que me di cuenta de que esto no era sólo una teoría o algo que se percibía. Por primera vez, hay datos concretos que lo respaldan”, dice a Tendencias George Vaillant, siquiatra estadounidense que dirige la investigación desde hace 50 años y que acaba de publicar Triunfos de la experiencia.

No es todo. Probablemente el hallazgo más importante en los recientes análisis de Vaillant es que, pese a lo que se creía, una infancia dolorosa no nos condena al fracaso. O, como dice David Brooks en su columna de New York Times, “un perro viejo puede aprender trucos nuevos”.

El caso de Camille

Los padres de Godfred Minot Camille eran de clase alta, pero también socialmente aislados y patológicamente supersticiosos. Lewise Gregory, la entrevistadora de familia del estudio, describió a su madre como “una de las personas más nerviosas que haya conocido”. Un siquiatra infantil que revisó el expediente de Camille 30 años después opinó que su niñez había sido una de las más desoladoras del estudio.

Cuando comenzó la guerra, Camille estaba destinado al fracaso, al menos según los criterios del estudio. Su condición atlética era mala y no le había ido particularmente bien en los estudios. Había tenido la peor infancia, tenía estilos para enfrentar la vida poco empáticos y fracasaba en todas sus relaciones humanas.

Tras salir de la escuela de Medicina, trató de suicidarse. El consenso del estudio fue que no era apto para ejercer esta profesión. Sin embargo, a los 35 años algo sucedió. Estuvo hospitalizado por 14 meses con tuberculosis. Al salir del hospital, la vida de Camille cambió. Se convirtió en un médico independiente, se casó y se convirtió en un padre responsable. Comenzó a funcionar como un adulto. Sus hijas lo adoraban. “Muchos años después, cuando tuve la posibilidad de entrevistar a una de ellas” (relata Vaillant), me di cuenta del enorme amor que sentía por su padre. He entrevistado a muchos niños, pero el amor de esta mujer por su padre sigue siendo el más sorprendente que he visto”. Para cuando Godfred Minot Camille tenía 80 años, nadie hubiera desconocido que tenía una buena vida. ¿Quién pudo haber previsto eso a sus 29 años, cuando el estudio lo ubicó en el 3% más bajo en estabilidad de personalidad?

A finales de los 30, las preguntas que la investigación buscaba responder eran relativamente sencillas: ¿Quién llegaría a los 90 años cognitivamente alerta? ¿Quiénes alcanzarían éxito en sus profesiones? ¿Qué predice mejor el éxito en la tercera edad?

Los estudiantes seleccionados eran hombres provenientes de hogares económicamente prósperos, blancos (lo cual aislaba inmediatamente la ocurrencia de una serie de enfermedades comunes entre la población negra) y mentalmente sanos. Muchos nombres se mantuvieron en secreto, unos pocos se conocieron, como el del ex Presidente estadounidense John Kennedy o Ben Bradlee, editor del Washington Post. Cuando llegaron a la madurez, en los años 60, muchos habían cosechado grandes éxitos. Pero otros muchos llevaban vidas complicadas y en algunos casos, miserables. Ya en 1948, 20 de los miembros del grupo presentaban serias dificultades siquiátricas y una parte no despreciable de los estudiantes reunía todas las condiciones que, según los indicadores, los harían fracasar en la vida: malas relaciones familiares, dificultades para persistir tratando de alcanzar una meta y predictores de mala salud, como el alcoholismo.

A estas alturas, la pregunta central no era cuántos problemas habían encontrado los hombres del estudio, sino qué herramientas habían desarrollado para enfrentarlos. Porque, como dice Vaillant, los mecanismos de defensa que nos forjamos los seres humanos, esas respuestas inconscientes ante el dolor o ante la incertidumbre, pueden salvarnos o destruirnos.

Según las estadísticas obtenidas recientemente, aquellos hombres que provenían de hogares cohesionados ganaron, en promedio, 66 mil dólares más al año que los que crecieron en familias inestables. Más: tenían hasta tres veces más de posibilidades de llegar a convertirse en personajes importantes en lo público y su ingreso máximo, entre los 55 y los 60 años, llegó a 243 mil dólares al año (140 mil dólares más que los otros).

“Para bien o para mal, la infancia dura mucho tiempo”, dice Vaillant. El 13% de quienes tuvieron malas infancias logró desarrollar las defensas adecuadas. En algunos casos fue algo inesperado e inconsciente: para Camille fue el trato de las enfermeras del hospital durante su larga enfermedad. Por primera vez, alguien se preocupaba de él. En otros, la lucidez que viene con los años y un vínculo afectivo lo suficientemente fuerte.

Como el caso de Adam Newman:

Creció en una familia de clase media baja. Su padre era un trabajador bancario que nunca terminó el colegio y había relativamente pocos antecedentes de enfermedades mentales en su familia. De todas formas, su infancia había sido siniestra. Su madre dijo que su primera forma de lidiar con las pataletas de Adam fue atarlo a la cama con los suspensores de su marido. Cuando eso no funcionaba, le tiraba agua frío o lo golpeaba.

En la secundaria, Adam era un líder. Tenía muchos conocidos, pero ningún amigo. Era un hombre que, según Vaillant, era relativamente incapaz de expresar sus emociones, ya que tendía a intelectualizarlo todo. Sin embargo, su matrimonio era excelente. Tanto él como su mujer declaraban ser el mejor amigo del otro, probablemente la razón de por qué fue capaz de desarrollar cualidades como la consolidación y la intimidad.

El joven Newman era terriblemente ambicioso: “Tengo un deseo. Un deseo terrible”, dijo de sí mismo cuando estaba en la universidad. “Siempre he tenido metas y ambiciones que van más allá de lo práctico”. Pero a los 38 ya había ganado algún conocimiento sobre este terrible deseo. “Toda mi vida he tenido que batallar contra la dominación de mi madre”. Darse cuenta de esto cambió su filosofía de vida. Ahora, decía, sus metas “ya no eran ser grandioso en ciencia (se dedicaba a la bioestadística), sino ser capaz de responder ‘sí’ a la pregunta que me hago todos los días. ¿Has disfrutado la vida hoy?”.

El tiempo continuó haciendo su trabajo y Newman se volvía cada día más flexible. A los 60 logró relajarse con el sexo y desistir de todas las prohibiciones que les había hecho a sus hijas durante su juventud. No cambió completamente, ya que seguía prefiriendo trabajar con números antes que con otras personas y su mujer siguió siendo la única relación voluntaria importante en su vida. Sin embargo, muchas cosas cambiaron. “Ya no estaba viviendo únicamente dentro de su cabeza; el narcisismo de su juventud había cedido con los años, para dar paso a la empatía. Su ánimo era más ligero. Un estudiante universitario muy infeliz se había convertido en un hombre satisfecho. Cuando cerramos nuestra última entrevista, le pregunté si tenía alguna pregunta sobre el estudio al que había contribuido por más de 50 años. Tenía una: “¿Lo estás pasando bien?”. Mientras me preparaba para irme, le ofrecí la mano y él, tan poco cooperador y egocéntrico en su tiempo universitario, tan tímido e intelectual durante las dos últimas horas, exclamó: “¡Déjame darte un adiós texano!”. Abrió los brazos y me dio un gran abrazo.

El haber nacido en un hogar feliz es una ventaja, pero no una garantía. De hecho, sólo el 50% de quienes tuvieron familias cohesionadas lograron la estabilidad emocional que permitió una buena vida. “Las buenas decisiones que uno tome en la adultez impactan mucho más que las cosas malas que puedan haber pasado antes”, comenta el siquiatra a Tendencias.

Los casos de Penn y Garrick

¿Qué le pasó? Creció como en un cuento de hadas, en una gran casona de 11 habitaciones. Su padre era médico. Cuando entró a la universidad, se lo describió como un ser entretenido, pensativo y paciente. Su madre pintaba y participaba en conocidas instituciones. De niño jugó todos los deportes, era bueno con sus hermanos y amaba la iglesia.

“No puedo descubrir problemas de importancia”, concluía el trabajador social luego de ver a su familia. “Quizás más que cualquier otro muchacho del estudio Grant, el siguiente participante ejemplifica las cualidades de una personalidad superior: estabilidad, inteligencia, buen juicio”. Dijeron de él que era probable que alcanzara “satisfacciones externas e internas”.

¿Y luego qué pasó? Se casó y tomó un trabajo en el extranjero. Comenzó a fumar y a beber. En 1951 escribió: “Creo que el elemento más importante que ha surgido en mi imagen síquica es el cuadro de mis propias hostilidades”. Luego desapareció. Dejó de responder los cuestionarios. Lo último que se supo de él es que había muerto de una enfermedad repentina. Vaillant se contactó con su médico. El le dijo que parecía ser incapaz de crecer.

Lo mismo ocurrió con Peter Penn.

Estuvo casado por más de 40 años; era profesor titular de inglés y publicó un libro en su campo. Así y todo, nunca entró al mundo de la adultez: de muchas formas, nunca dejó el hogar. No cumplía con los requisitos de la depresión, pero no hay evidencia de que alguna vez haya experimentado la felicidad.

Lewis Gregory describe al joven Penn como “pesado y torpe”. Su vida universitaria era estéril. Cuando el profesor Peter Penn murió de cáncer a los 81 años, había sido más feliz en la primera mitad de su vida, viviendo con su madre, de lo que había logrado serlo en la segunda mitad. Siempre trabajó duro y como un obediente soldado o boy scout, nunca hizo nada por poner en riesgo su buena conducta. No abusó del alcohol ni de los cigarrillos. Pero su primer año de enseñanza básica fue el punto más alto de su vida. A pesar de su ambición superior, excelentes habilidades verbales, una buena voz para cantar, un deseo profundo de convertirse en un académico y poseer más de 8 mil libros, nunca pudo encontrar sentido ni significado en su vida, profesionalmente o de cualquier otra forma. Simplemente, nunca creció”.

Ninguno de estos dos hombres se despegó nunca de sus inmaduros estilos de relacionarse (o defensas, como los llama Vaillant). Según el siquiatra, existen cuatro mecanismos que desarrollamos los seres humanos para protegernos. El primero y el peor es la defensa sicótica, propia de los niños y de aquellos que se quedan estancados en la infancia: niegan la realidad y nunca toman conciencia de sus acciones. No saben comunicar sus emociones y por eso no tienen relaciones profundas. La defensa inmadura se vive en la adolescencia, pero en la adultez es común entre las personas que sufren de hipocondría y que tienden a responsabilizar al resto por sus propios errores.

En la defensa intermedia, las personas son capaces de reconocer su frustración, pero no de dirigirla correctamente. “El típico caso del hombre que patea al perro cuando quiere patear al jefe”, dice Vaillant. Como no saben detectar el origen de sus emociones, son personas generalmente muy ansiosas. El cuarto mecanismo, el mejor, es la defensa madura, donde el altruismo (hacer por los demás lo que les gustaría que otros hicieran por ellos), el humor (no se toman demasiado en serio) y la anticipación (capaces de evaluar los malos resultados de sus acciones y actuar con cautela, para prevenirlos) son centrales.

Lamentablemente, dice Vaillant, aunque pareciera que estas son cosas que están bajo el control consciente, no pueden ser alcanzadas sólo con la fuerza de voluntad. “Si quieres comprobarlo, simplemente trata de ser gracioso obligadamente”, comenta. Lo que el siquiatra comprobó es que la sabiduría que viene con los años es la mejor ayuda para cambiar la forma de relacionarse con el mundo. Cuando tenían entre 50 y 75 años, Vaillant descubrió que el altruismo y el humor, como rasgos, prevalecían en su muestra.

Particularmente, en la vida

de Daniel Garrick:

Era el mayor de seis hijos. Creció durante la depresión en una familia con bajos ingresos; su padre estaba siempre desempleado y no podía entender la decisión de su hijo de ir a la escuela de actuación. Sin embargo, a pesar de su pasión por el teatro, muy pronto Garrick llegó a la conclusión de que era muy inhibido emocionalmente para convertirse en un actor exitoso. Por eso, se conformó con un futuro de manejo de escenarios y enseñanza de teatro en alguna pequeña universidad. A los 25 años entró a Harvard.

Incluso con su gran fortaleza física, la vida universitaria de Garrick fue difícil. Un hospital siquiátrico le daba refugio mientras trabajaba como ayudante de siquiatría. Tenía sólo cinco dólares al año para gastar en ropa. No tenía tiempo para la vida social: no había fiestas, citas ni deportes. Estaba crónicamente cansado y era incapaz de obtener más que notas C hasta que se casó, justo antes de su último año. Ahí su esposa, una joven actriz, comenzó a ayudarlo con sus gastos y gracias al tiempo extra que entonces tenía, se graduó con honores.

La vida profesional de Garrick no era ninguna maravilla. Tenía 33 años cuando su pequeña compañía de representación teatral quebró y volvió a hacer clases. Ya había renunciado a su primera opción de carrera y se había conformado con la segunda. También había fracasado en esa. A los 53 se separó de su primera esposa, con la que tenía un matrimonio bastante miserable. Pero todo eso sería temporal.

En la segunda mitad de su vida, todo pareció mejorar. Actuó en varias compañías teatrales de renombre y conoció a otra mujer, con la que tenía una apasionada relación. A medida que envejecía, pudo finalmente superar las inhibiciones que lo habían hecho desistir de su carrera como actor. Había madurado hasta un punto en que era capaz no sólo de compartir sus ideas, sino también sus sentimientos con la audiencia. También había aprendido a jugar. A los 78 se casó con su pareja y cuando tenía 86, Maren Batalden (del estudio de Harvard) escribió: “Garrick es inteligente, cálido, humilde, curioso, emocionalmente presente, entusiasta, honesto. Su matrimonio con Rachel es claramente una conexión profunda y alegre que lo sostiene, lo sorprende y lo llena de gratitud. De muchas formas, esta es la mejor etapa de la vida de Daniel Garrick, donde disfruta de los frutos de su disciplina. Quiere libremente y bien, trabaja apasionadamente, mantiene su mente y su corazón abiertos, hace nuevos amigos y se adapta estoicamente a las inconveniencias del envejecimiento de su cuerpo, concentrándose en las cosas que le importan”. Desde los ochenta hasta su muerte, disfrutó de los mejores indicadores de humor posible en el estudio. Murió a los 96 años.

El impacto de las relaciones sobre otros indicadores

-En la longevidad, las relaciones pesan más que factores de riesgo como el tabaquismo: Cuando los hombres tenían 55 años, Vaillant quiso probar cuál era la influencia de la salud mental sobre la física. Probó con varias variables sicológicas, como haber tenido una infancia desoladora, haber recurrido a drogas alteradoras del ánimo, sufrir de depresión mayor, haber desarrollado débiles habilidades relacionales en la adultez y conseguir estabilidad emocional -es decir, poder jugar, trabajar y no requerir tratamiento por enfermedades siquiátricas- entre los 30 y los 47 años.

De los 49 hombres con las peores infancias, 17 (35%) estaban muertos o habían adquirido enfermedades crónicas, en contraste con los cinco (11%) de los 44 que habían vivido las infancias más acogedoras, una diferencia que fue definida como muy significativa. Esto, en contraste con un fuerte predictor de riesgo, como el tabaquismo. A los 55 años, 6 (9%) de los no fumadores y 8 (17%) de los 48 fumadores empedernidos habían adquirido una enfermedad crónica, una diferencia estadística considerada poco relevante.

-El peso de los estilos emocionales: Aislando otros factores puramente fisiológicos, los hombres con el mejor ajuste emocional a los 47 años vivieron hasta los 87 años, mientras que aquellos con pobres ajustes llegaron, en promedio, sólo a los 77.

-La madre tiene más importancia que el padre: A medida que los hombres se acercaban a la tercera edad, su relación de niños con sus madres comenzó a asociarse fuertemente con su efectividad en el trabajo. Tanto el ingreso máximo de un hombre como su posibilidad de trabajar continuamente hasta los setenta años estaba mediada por este factor. A la vez, su posibilidad de convertirse en un personaje público importante también aparecía marginalmente asociada con una buena relación con la madre en la etapa infantil.

Cuando esta relación madre-hijo es mala, los hombres tienen más posibilidad de desarrollar demencia al llegar a los 80 años. De los 115 hombres sin una cálida relación materna que llegaron a los 80, 39 (33%) sufrieron de demencia a los 90 años. De los sobrevivientes con una buena relación con su madre, sólo 5 (13%) habían desarrollado algún tipo de demencia.

-Los hermanos impactan en el éxito profesional:Vaillant comprobó que los hombres que tenían buenas relaciones con sus hermanos cuando jóvenes llegaban a ganar cerca de 51 mil dólares más al año que los hombres que habían tenido malas relaciones o no tenían hermanos.

La importancia de las primeras relaciones de la vida también pudo comprobarse al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Algunos volvieron con los grados más altos de la jerarquía militar, mientras que otros regresaron siendo sólo soldados. La diferencia no la hizo ni su condición física ni la clase social de la que provenían ni su resistencia en el campo de batalla. Ni siquiera su inteligencia. Nuevamente, era sólo la calidad de sus primeras relaciones afectivas.

-Una de las relaciones más importantes, el matrimonio, mejora después de los 70 años:En el período de los 20 a los 70 años, sólo 18% de los hombres declaró haber sido feliz por al menos veinte años de matrimonio. A los 75 años, la mitad de los hombres sobrevivientes declaraba esto. Y a los 85, la proporción de matrimonios felices había llegado al 76%. Los investigadores sugieren que esto tiene que ver con que a medida que la gente envejece, tiende a recordar más lo bueno que lo malo. Por otra parte, señalan, a medida que los hombres envejecen tienden a aceptar más la dependencia mutua. “Entre más los hombres aprenden a apreciar la dependencia mutua como una oportunidad en vez de una amenaza, más sentimientos positivos hacia su matrimonio expresan”.

 

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