Caso Clínico hombre de 31 años

CASO CLÍNICO HOMBRE DE 31 AÑOS

 

 El cliente (F) era un hombre de 31 años de edad, residente en una localidad de la ciudad de Concepción. No fumaba y consumía alcohol ocasionalmente (cerveza o vino) en cantidades pequeñas. Tenía estudios completos de la rama administrativa. En el momento de la primera consulta trabajaba de forma temporal en una fábrica de envasado de aceitunas. Tras completar sus estudios había trabajado esporádicamente en el campo o en esta fábrica.

Vivía en casa de  sus padres y una hermana soltera. Acudió a consulta con su novia (S), de 28 años

de edad y de profesión peluquera, “(…) Porque S es una mujer muy buena y no la quiero perder y la estoy haciendo sufrir. Porque yo cuando estoy solo soy el tipo más normal del mund, pero cuando estoy con ella es cuando ya me pongo mal”. Ambos deseaban resolver el problema. F era el primer hombre con el que S mantenía una relación seria y estaba muy enamorada de él. Previamente a acudir a nuestra consulta, el cliente había sido sometido sin éxito a un entrenamiento en relajación durante tres meses, que abandonó por decisión propia.

Tanto esta intervención como la que se describe a continuación fueron costeadas por su pareja, a la que había conocido ocho meses antes de nuestra primera entrevista.

 

Historia y evolución del problema

 El problema de F comenzó a los 19 años al iniciar una relación estable con una mujer, que duró

aproximadamente un año. En esta relación, F comenzó a experimentar celos que progresivamente se fueron intensificando. Tras una fuerte discusión por este motivo, decidieron romper la relación. A partir de ahí, F mantuvo esporádicamente relaciones con otras mujeres, de pocos meses de duración, que finalizaban siempre por motivo de sus celos. En este sentido, comenta F: “Yo solo estaba muy bien. (…). Yo he buscado una novia que aguantara cómo era, lo de los celos y todo eso”. “Muchas veces me iba al campo a pasear, a pensar y a desahogarme y a pedirle a Dios que se resolviera todo esto”.

F completó sus estudios tecnicos, y se presentó sin éxito a unas postulaciones de trabajo. Su consejera era su madre, con la que consultaba cualquier asunto, incluidos los problemas que en el pasado y el presente le ocasionaban los celos. Ésta siempre le decía que desconfiara de los demás, “(…) que no buscan tu bien como yo”. Comenzó a trabajar como temporero en la recogida de la aceituna y en una cooperativa aceitera, teniendo que entregarle siempre a su madre todo el sueldo, incluso los pagos por bonos de producción, administrándole ésta una pequeña cantidad de dinero para sus gastos. Si se resistía a entregarle a su madre su sueldo íntegro, ésta chillaba, lloraba, lo insultaba y lo amenazaba, alegando siempre penurias económicas y el esfuerzo que había realizado para darle una educación y mantenerlo. Su padre apoyaba siempre a su madre en este sentido “(…) porque no quería problemas”.

Paradójicamente, la situación económica de la familia era buena. A pesar de haber podido buscar otros empleos más estables gracias a su titulación, siempre se resistió a ello “(…) porque tenía que darle a mi madre todo el dinero. ¿Para qué quería trabajar en otra cosa entonces?”. F se quejaba de no tener proyectos de futuro con su pareja por no disponer de recursos económicos a causa de su madre, de la que decía que “es muy desconfiada pero muy buena y me quiere mucho”.

Las caracteristicas de respuesta de los celos de F en relación con S eran similares a las de otras relaciones. La pareja se conoció en una piscina a la que dejaron de acudir porque allí se desencadenaban los celos de F. Evitaban lugares concurridos como bares, discotecas y fiestas, para impedir que otros hombres miraran a S. Al entrar a un local lleno de gente, F estudiaba a los hombres presentes para saber si había alguno que pudiera gustarle a S. Si era así, F salía del local obligando a S a abandonarlo con él. Casi siempre salían solos y acudían a lugares poco o nada concurridos. A veces F sometía a S a pruebas tales como la siguiente: le decía que era normal el sexo con parejas anteriores, para saber si ella le dijo la verdad cuando le comentó al conocerse que no había tenido relaciones sexuales completas con otros hombres antes de conocerle a él. A menudo F interrogaba insistentemente a S sobre las razones para que hubiera hecho alguna cosa, “(…) tratando de pillarla en un renuncio”. Continuamente F miraba a S para ver “si pone cara de pillina” o miraba con insistencia a otros hombres. También le molestaba enormemente que S mantuviera una conversación con otros hombres, incluso si eran sus amigos íntimos. Entre 3 y 4 veces al día, F

llamaba a S por teléfono a casa y al trabajo, e insistía en recogerla a la salida. Se presentaba a diario 15 minutos antes de que S acabara su jornada laboral, y no consentía que saliera con sus compañeras después de cerrar la peluquería. Durante el día, F solía pensar en lo que estaría haciendo S. La mayor parte de sus llamadas telefónicas las realizaba en momentos en los que lo agobiaban pensamientos de que S le era infiel o le había mentido sobre sus pasadas relaciones.

Estos pensamientos, de contenido siempre relacionado con dudas y desconfianza sobre la fidelidad de S, solían ocurrir cuando F se encontraba desocupado o al escuchar comentarios de contenido sexual de sus compañeros de la fábrica. Sin embargo, la actividad laboral de F no parecía alterada. Se desempeñaba en su trabajo y en otras ocupaciones diarias correctamente. Sólo el área interpersonal se encontraba claramente afectada por los celos desde que conoció a S.

En ningún momento de las entrevistas de evaluación ni en las posteriores se apreciaron instancias de uso de autovaloraciones negativas. F no se consideraba menos atractivo que otros hombres ni mala persona en esencia. Al describir su problema valoraba los celos como absurdos y tonterías, y detallaba exhaustivamente las caracteristicas de respuesta implicadas en los episodios de celos y su

estructura temporal. En este sentido cuando se le pedía alguna descripción de aspectos concretos de su problema, F respondía con rapidez y sin rodeos. Sin embargo, no se apreciaban instancias de conducta verbal en las que F estableciera relaciones entre su conducta y variables de control.

 En respuesta a los celos de F, S siempre cedía a sus deseos, accedía a que salieran solos y toleraba de mala gana que no quedaran con otras parejas o que no fueran a fiestas de amigos. Cuando se encontraba mal en este sentido, S le reprochaba a F lo injustificado de sus celos y lloraba. Cuando F la interrogaba por cualquier cosa, S trataba de aducir razones de su conducta y trataba de razonar con él sobre lo injustificado de sus celos, apareciendo estas conductas no sólo en la vida diaria, sino también en los episodios de celos ocurridos en sesión. F solía quedarse satisfecho y tranquilo, pero ambos reconocían que este período de calma era muy breve: en una misma tarde F podía experimentar más de un episodio de celos. En el momento de la primera entrevista, los episodios de celos ocurrían con una frecuencia entre 1 y 4 diarios.

En la primera entrevista en nuestra consulta, a la que acudió la pareja, F dio muestras evidentes de celos. Al hablar S con nosotros o sostener la mirada, F se giraba hacia ella mirándola fijamente de modo insistente o incluso interrumpiendo nuestra conversación a veces. La pareja reconoció que estos episodios en consulta eran idénticos a los que tenían lugar en la calle, con la excepción de que eran más breves y no acababan en una discusión en ese mismo momento. En la segunda entrevista, F y S reconocieron que la discusión se había iniciado justo al salir por la puerta de la consulta. F comentó que en esos momentos pensaba que le resultábamos atractivos a S, y este pensamiento le resultaba insoportable, de ahí que controlara constantemente su forma de mirar y lo que hacía. A veces estas respuestas se iniciaban justo antes de los pensamientos repetitivos de celos, y en otras ocasiones como consecuencia de ellos. En sesión se producían espontáneamente de 1 a 2 episodios de este tipo.

F juzgaba sus celos como absurdos: “Creo que son absurdas (sus ideas de celos). Montones de cosas no son ciertas, son absurdas, pero no puedo evitarlo”. Pero este juicio no parecía ayudarlo a modificar su problema. Podía imaginarse que S miraba a alguien, y a continuación desencadenarse las conductas descritas más arriba, junto a una intensa emoción que F denominaba agobio, consistente en una gran inquietud subjetiva, expresión facial de ira y una respiración acelerada y fuerte. Habitualmente, si evitaba o escapaba de las situaciones que habían evocado los celos, o si llamaba por teléfono a S, esta emoción disminuía. Si controlaba a S mirándola fijamente, la emoción de agobio no disminuía. Juzgar los celos como absurdos no se traducía en una lucha sistemática contra los pensamientos de celos. F simplemente actuaba en congruencia con ellos o las emociones evocadas en las situaciones recién descritas.

 

PREGUNTAS:

  1. De acuerdo al modelo de Otto Kernberg, identifique y justifique la estructura de personalidad de este paciente.
  2. De acuerdo a las características de este caso, justifique la utilización de modelo de Ellis o Beck. Explique, fundamente y presente un cuadro explicativo del proceso mental seguido por este paciente, en función del modelo cognitivo elegido.

 

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